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Pequeños paraísos urbanos

Todos nosotros necesitamos, de tarde en tarde, escapar del torbellino de la vida moderna, justo lo necesario para aclarar las ideas y meditar. El jardín de la casa tendría que ser ese rincón de paz y tranquilidad, donde solo nos molesta el canto de los pajarillos y el zumbar de los insectos, al tiempo que el color, o el perfume, de flores y plantas calma nuestros nervios, revitaliza el espíritu y eleva el alma.

A menudo no es así, y el jardín representa una carga necesitada de cuidados, infrautilizada y cara. Pero nuestro jardín casero podría convertirse en un pequeño paraíso particular, bálsamo del alma y encanto de los sentidos, de los cinco sentidos.
El sentido de la vista es el primero que disfruta del jardín. Intuitivamente, y sin esfuerzo, los ojos se pasean por los colores y texturas de las plantas y las flores. El color verde del follaje siempre ha sido considerado un color relajante, el más relajante de todos, y si lo salpicamos de rojos, amarillos y azules de flores de temporada, el deleite está servido. A evitar, el jardín de césped y arbustos de hoja perennemente verde.
El sentido del olfato sigue al de la vista. Muchos jardines modernos obvian el aroma de las plantas, las variedades más resistentes de ciclamen, iris y violetas, y por supuesto las más utilizadas, no huelen. Tampoco huelen las begonias africanas, tan populares, o las habituales alegrías, los geranios o las petunias.
En un jardín aromático no pueden faltar la madreselva, el jazmín, el lilo el alhelí y el narciso. Si nos gustan más los olores campestres, podemos añadir espliego, mirto, tomillo y albahaca. Y no pueden faltar las rosas. Hemos de situar los bancos, o los sillones, cerca de las plantas de olor, porque los aromas se pierden en la distancia, mientras que se incrementan si rozamos las plantas con la mano.
Porque el sentido del tacto también se deleita en el jardín, tocando la textura de hojas y flores, pero también con el tacto de piedras o agua estratégicamente situadas. Una fuente, una balaustrada o la escurridiza gravilla del camino, nos abordan por el tacto de pies y manos.
El sentido del oído es tal vez el que más sufre en nuestros días. Atormentado con el ruido de los motores, de los electrodomésticos en funcionamiento, de músicas estridentes confluyendo a destiempo, y con el continuo parloteo de las noticias de radio y televisión. En el jardín urbano, el ruido del tránsito se puede amortiguar con una barrera de plantas altas, suficientemente espesa, y suplantarse por el sonido del agua. El murmullo del agua en movimiento apacigua el alma, como bien sabían los maestros jardineros de la alhambra. Una fuentecilla, una cascada en miniatura, un reguero que canalice el riego o el goteo de un aspersor, son sonidos amigos que proporcionan calma y descanso.
Y qué decir del gusto, el jardín actual parece haber olvidado su origen hortelano. Difícilmente se plantan hierbas culinarias en los jardines, y mucho menos verduras, aunque un rincón de menta e hinojo, o una tomatera emparrada a modo de seto, representarían un regalo para el paladar, cuando sus hojas o frutos alcanzaran los pucheros.
La botánica es tan rica, que la uniformidad de nuestros jardines solo se explica por las rutinas, los convencionalismos y los vicios del oficio jardinero. Y también, hay que decirlo, por la idea de que uno mismo no puede decidir sobre tema tan complejo y especializado.
Es como si por no saber de costura, nos vistiéramos de uniforme. Cada familia es diferente, como cada persona es diferente, y necesita de su jardín unas funcionalidades y unas prestaciones peculiares. Para unos el juego de los niños, para otros las cenas con amigos, para un tercero espacio para su mascota.
Las prioridades funcionales se han de vestir con la flora que también conviene a las necesidades de relax, paz y sensualidad. La vegetación cubre la función de proteger nuestro asueto del ruido, de los malos olores y de las miradas inoportunas, pero también ha de ser colorida, olorosa y rica en texturas.
Decoremos nuestro jardín como decoramos nuestra casa, o como cuidamos nuestra indumentaria. La salud de toda la familia nos lo agradecerá